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C.P.A. Psicólogos es un centro de Psicología Aplicada formado por un equipo de profesionales con experiencia contrastada, cuyo trabajo se basa en el modelo cognitivo-conductual que considera que lo que las personas piensan y perciben sobre sí mismos y su contexto es relevante e importante y tiene un efecto directo en cómo se sienten y actúan.

Además, realizamos informes psicológicos y periciales según las necesidades que se presenten en cada caso estudiado.

Conozca más sobre nuestro trabajo a través de los artículos que le presentamos a continuación.

ANA, sigue con su historia...

Publicado: Martes, 16 Mayo 2017

Aun éramos tres hermanos

 

Ellos compartían habitación y yo dormía sola, eso me permitía levantarme de mi cama sigilosamente y apoyada en el marco de la puerta, esperar a que llegara mi padre de trabajar, oír su voz me trasmitía tranquilidad.

Ella nos mandaba a dormir pronto, así nuestro padre no nos veía las marcas que a veces nos hacía cuando nos pegaba, para ello utilizaba  unas correas con unos cables de la luz atados por un extremo, con ellas nos daba en las piernas y en la espalda, pero cuando estaba muy enfadada se la escapaba algún correazo a la cara. Nos tenía atemorizados diciéndonos, que si nuestro padre se enteraba de que éramos tan malos nos pegaría más.

Cuando discutían (lo cuál era muy  a menudo) nos decía que había sido por nuestra culpa, de esta manera conseguía meternos más miedo en el cuerpo, asegurándose  así  nuestro silencio.

Recuerdo como en una revisión de las bombonas de butano, el técnico cambió la goma, (aquella goma naranja  que iba desde la bombona a la cocina de gas). Mis hermanos la cogieron y  jugaban con ella soplando por un extremo etc… A esa  goma que había servido para jugar, ella la encontró otra utilidad (después de tirar mis hermanos las correas por la ventana) usándola para pegarnos  cuando nos portábamos mal y así educarnos, según decía.

“A día de hoy no logro encontrar los motivos que ella consideraba como mal comportamiento, hasta el extremo de merecer las palizas que recibíamos”

Yo enseguida  aprendí a relacionarlas con su estado de ánimo, tras discutir con alguna de mis tías ya fueran sus hermanas o  cuñadas, con las vecinas etc... Siempre buscaba polémica  y cuando las cosas no  salían como ella quería íbamos calentitos a la cama, si teníamos suerte alguno nos librábamos ese día. Nunca podré olvidar cuando pegaba a mis hermanos, me escondía en el pasillo, acurrucada con las manos tapándome los oídos, cerrando los ojos con todas mis fuerzas intentando no oír ni ver nada. Cuando ya cesaba todo iba hacia ellos llorando, quería abrazarles y aliviar su dolor, pero ellos me  apartaban, con el tiempo pasaron a decirme -¡Quita, tú eres igual que ella! Cuando era a mí a quién pegaba, ellos se reían.

“¿Cómo era posible que algo que a ellos les causaba dolor, cuando era yo quien lo padecía, les  causara risa? Ahora, después de recibir ayuda psicológica, he sido capaz de reconocer su falta de empatía hacia mí.”

 En la cara tan solo me marcó una vez. Cuando mi padre me vio el domingo (día de la semana que estaba en casa, si no se iba de caza o de pesca) se alarmó al ver mi pómulo hinchado, y una marca roja atravesándolo que terminaba en la oreja. Preguntó que me había pasado, a lo que ella respondió –Ya ves jugando a peleas con sus hermanos, es un chicazo, no puedo con ella.

 Mi padre les recriminó a ellos que no tuvieran cuidado con su hermana, añadiendo que era más pequeña, después se acercó palpando mi cara  preguntándome si me dolía el oído, también riñéndome por  jugar a peleas con mis hermanos.

 En aquel momento al ver su enfado por lo sucedido me sentí feliz. ¡Yo significaba algo para mí padre! ¡Era importante para él! Esa emoción hizo que me implara como un sapo y rompiera a llorar. Me  cogió y  sentándome sobre sus piernas me dijo –Hija no te pongas así, que no es para tanto, solo quiero que entiendas que eres una señorita no un potro, y dándome un beso me dejo en el suelo. Desde aquel domingo, todos los días al oírle llegar salía de la habitación a darle un beso de buenas noches y  volvía a la cama feliz.

Ahora veo con claridad que crecí buscando el cariño de mi padre. De ella no tengo ningún recuerdo en el que me sintiera feliz a su lado, por difícil que sea creerlo nunca me dijo (te quiero, que guapa eres, vales mucho) todas esas cosas que una madre siente en su corazón y lo expresa con amor.